Así nació el I Simposio sobre Bolaños, hace 16 años

El organizador del I Simposio sobre Bolaños, Francisco Torres González, recordó el pasado 22 de abril de 2005, con motivo de la presentación del libro con aquellas ponencias, cómo surgió tan feliz, provechosa idea, todos los pasos que dio para llevarla a cabo y las reacciones que provocó entre los investigadores y bolañegos en general, y en él mismo. El Cronista Calatravo ha querido publicar íntegramente aquellas palabras pues, además de tener la amenidad y el ingenio que caracteriza la pluma de este siquiatra, son ya un verdadero documento histórico acerca de un acontecimiento que marcó un nuevo rumbo en el pueblo. Torres plantó hace 16 años una semilla cuyos frutos, por lo que se palpa en Bolaños y sus autoridades, no han hecho más que empezar. El artículo, que él leyó aquella tarde, se reproduce con toda fidelidad, estructurado en los cinco capítulos en que quiso organizar este relato .

Francisco Torres González. ( Publicado en El Cronista Calatravo el 1 de mayo de 2005.)

Capítulo 1°.- El proyecto del Simpósium

En 1989 (hace ya dieciséis años), siendo yo miembro de la junta directiva del Instituto de Estudios Manchegos y Benjamín Fernández presidente, propuse al Instituto la idea de este simpósium. Idea, por cierto, nueva. (Y sigue siendo nueva, puesto que no se ha repetido en ninguna localidad de la provincia)..

Es cierto que se habían realizado reuniones parecidas en distintos pueblos (algunas fomentadas por el propio Instituto). Pero eran reuniones monográficas; es decir: sobre un solo tema, generalmente de historia. Ahora no se trataba de eso. El objetivo era hacer un estudio del pueblo no sólo en lo tocante a la historia, sino desde todos los puntos de vista: historia, sociedad, economía, arte, leyendas, agricultura, costumbres, enseñanza, sanidad. Una radiografía total. Y, sobre todo, realizada por el propio pueblo. Despertar el espíritu investigador. Pensé que en Bolaños había suficientes intelectuales para intentar este esfuerzo: maestros, médicos, farmacéuticos, veterinarios, abogados, psicólogos, filólogos, etc. El Instituto de Estudios Manchegos se encargaría de la organización, daría al simpósium su marchamo científico (ya sabéis que pertenece al Consejo Superior de Investigaciones Científicas), prestaría su asesoramiento para las tareas investigadoras y, por último, publicaría los trabajos del simpósium (y esto es lo único que falló por causas ajenas a la empresa).

Capítulo 2°.- La intervención del Ayuntamiento:

El Instituto me encomendó poner en marcha el proyecto, y me dispuse a trasladarlo a Bolaños. Originariamente, la verdad, no pensé en el Ayuntamiento, sino reunirme con los maestros y licenciados, planificar con ellos la cuestión y , al cabo de un tiempo prudencial, realizar el simposio (simposio que duraría una tarde -mañana y tarde, todo lo más—, según calculaba yo en aquellos momentos ). Convendría -pensé en mi interior- rematarlo con una cena de hermandad, y fue entonces cuando me acordé del Ayuntamiento. ¿Por qué no proponerle que costeara y presidiera la cena?

Y, efectivamente, visité a nuestro alcalde -Daniel Almansa, hoy entre nosotros- y le pedí la cena, para lo cual, claro está, hube de explicarle la idea del simpósium. Y aquí vino mi primera sorpresa. No sólo se comprometió a la cena, sino que ofreció el local adecuado para las sesiones, la ayuda del personal necesario y la colaboración que hiciese falta, incluida la económica. (Después comprobé que hubiese resultado imposible organizar el simposio sin la colaboración del Ayuntamiento, cosa que, por cierto, ya me había advertido Herrera Maldonado).

Capítulo 3°.- La organización:

Y comenzó la organización, con la entusiasta ayuda del Ayuntamiento; que fue total. Quiero aclarar que el Alcalde tuvo la elegancia de dar su apoyo sin interferir nunca en mi labor. También el Instituto me dejó completa libertad.

Partiendo de una lista proporcionada por el Ayuntamiento me fui reuniendo con los posibles investigadores por grupos profesionales. Les expuse la idea: ellos mismos elegirían el tema, individualmente o por equipos de investigación; como quisieran. La mayoría aceptaron, pese a que casi todos se veían ante un reto nuevo en sus vidas: la tarea investigadora. Predominaban los jóvenes, pero estaban presentes todas las edades. Incluso el octogenario Ermelando, maestro y abogado.

Temía yo sin embargo, lo confieso, que, tras el entusiasmo inicial, cundiera el desánimo y las deserciones por falta de perseverancia. Y por eso me apunté yo también (un bolañego más) con un trabajo sobre el cáncer en Bolaños. En mi fuero interno me conformaba con cinco o seis trabajos, ¡ y fueron treinta y dos !. Nadie falló. (Otra sorpresa.)

Invité así mismo a un pequeño número de forasteros prestigiosos para que estudiaran también nuestro pueblo. Quería huir de ese concepto aldeano que es el exclusivismo local. En el libro vienen los trabajos de algunos de ellos (no todos los entregaron, aunque todos los expusieron) y realmente el pueblo debe agradecer las horas que le dedicaron. Fueron siete los forasteros que sumaron su esfuerzo y su tiempo a los 42 autores del pueblo (del pueblo o afincados en el pueblo).

Capítulo 4°.- La realización:

El día de la inauguración (presidida conjuntamente por el Alcalde y por el vicepresidente del Instituto, Antonio Ciudad) venía yo desde Ciudad Real en mi coche y , a la entrada del pueblo, me sorprendió agradablemente un gran cartel, de una parte a otra de la carretera, anunciando el simpósium. Después supe que estaba en todas las entradas de la localidad. Encontré el salón de actos, en el Ayuntamiento, luciendo dignidad y buen gusto. Muy atractivo con aquellas flores en el estrado. Hay que hacer constar que en la coordinación de todo el simpósium intervinieron dos personas (José Guzmán y Mari-Cristi Menchero) que imprimieron su sello. Y lo que más me sorprendió fue la afluencia de público: los bolañegos y bolañegas acudieron masivamente durante todas las sesiones. Y se veía que gozaban enterándose de todos aquellos datos que le proporcionaban sus propios paisanos. Aquella única sesión que yo había previsto en mis primeros cálculos se había convertido -por el número de comunicaciones- en cinco sesiones (mañana y tarde) repartidas en tres días. Todas fueron presididas por algún profesor de Universidad o por algún alto cargo de la Administración nacional. Hubo coloquio, clausura final con diplomas (esta vez en presencia de nuestro Presidente) y se entregó al Ayuntamiento, personificado en Daniel Almansa, el nombramiento de miembro del Instituto de Estudios Manchegos y la medalla correspondiente. Y, claro está, tuvo lugar aquella comida de clausura que me había prometido el Alcalde en nuestra entrevista inicial.

Bolaños tuvo unos días de gran protagonismo, pues los periódicos de la provincia dieron gran realce al acontecimiento y se desplazaron diversos periodistas para cubrir la información. (Previamente mis compañeros del Instituto habían preparado el terreno convocando una conferencia de prensa.)

Capítulo 5° y último.

Efectos del simpósium:

¿Qué frutos produjo el simpósium?

Aparte de los efectos positivos de toda investigación (este libro contiene algunos trabajos de interés excepcional), hubo otros frutos que el paso del tiempo ha ido mostrando cada vez con mayor claridad.

Se comprobó la magnífica respuesta de Bolaños (público e investigadores ). En este aspecto (y en todos) fuí de sorpresa en sorpresa. Francamente, no creía que mi pueblo tuviese esa capacidad de reacción. Fue una lección para mí.

El público quedó con hambre de saber más sobre su pueblo.

Se descubrió el placer de la investigación. (Ya existía, ciertamente, algún investigador aislado, aunque sólo en el terreno de la historia.) Recuerdo el entusiasmo de algunas maestras rastreando datos en el archivo del municipio para una comunicación sobre pedagogía.

Y, según los testimonios que he leído en algún periódico actual (me refiero sobre todo al periódico de esta zona: El Cronista) quedaron los ánimos preparados para una nueva experiencia. Hoy existen, además, temas de gran interés que antes eran impensables, y un ejemplo es el de la inmigración (como ha indicado Alfonso Osorio), intensa en este pueblo.

Efectivamente, pienso que, en el terreno de la curiosidad intelectual, Bolaños entró en una nueva etapa a partir del simpósium.

El libro ha sufrido numerosos avatares, y se ha ido retrasando por diversos factores económicos, políticos y técnicos. ¡Dieciséis años! De modo que, cuando el Ayuntamiento decidió costear por su cuenta la edición, el Instituto de Estudios Manchegos se planteó si tenía sentido publicar unas investigaciones realizadas hace tanto tiempo. Pero la Directiva del Instituto, esta vez encabezada por la actual Presidenta, Ángela Madrid aquí presente, adoptó un criterio no sólo acertado, sino lleno de sensibilidad: pensó que era necesario publicar el libro porque este libro sería un testimonio del esfuerzo investigador del pueblo y un homenaje a los que realizaron la investigación. Algunos de ellos ya no viven: Julián Prado, Ermelando Fernández, Francisco Gallego y, de Ciudad Real, Enrique Rodríguez de la Rubia. Y quiero nombrar también a otro que ya no está, Moisés, un municipal humilde y bueno (amigo mío de la infancia) que colaboró sin descanso más allá de su obligación.

Todos ellos, en efecto, merecían el homenaje de que este libro se publicara.

 

 

 

Bolaños en el recuerdo

José Aranda Aznar ( Publicado en "El Cronista Calatravo" el 1 de octubre de 2002)

Hoy día, cuando desgraciadamente están en boga todo tipo de sentimientos nacionalistas y excluyentes, parece como si tener presente en el recuerdo ese pueblo donde se nació y se anduvieron los primeros pasos fuese un signo retrógrado y localista. Nada más lejos de la realidad. El amor por el lugar de nacimiento no priva a los humanos de tener una visión de la vida universal y solidaria; por el contrario, como decía el escritor Pascual Estrada: de mi aldea, luego del mundo, porque sólo quien es capaz de sentir amor por su propio paisaje y sus propias gentes puede ser capaz, también, de expandir ese amor hacia otros paisajes y otras gentes.

El Instituto Nacional de Estadística, donde yo gano mi sustento, acaba de publicar un libro como apoyo al reciente Censo de Población que, precisamente, gira en torno a esta idea. En este libro que he tenido la oportunidad de coordinar, titulado La aldea de personalidades, determinadas figuras de la vida política, intelectual y cultural hablan de ese lugar en el que nacieron y del que dicho Censo va a dejar un fiel testimonio sobre las personas que allí residen, sus composiciones familiares, el modo en el que estudian o trabajan, etcétera. Pues bien, emociona leer cómo esas personas de reconocido prestigio hablan de su pueblo.

Para José Bono, Salobre (Albacete) es el lugar donde siempre vuelve, a veces viajando solamente con la imaginación o en sueños, en busca de cobijo, de protección. Manuel Fraga recuerda cómo en Vilalba (Lugo) conoció el verdadero alcance de la vida en el campo y las penurias de las personas cuyos días transcurrían en torno al cultivo de unas pocas tierras y el cuidado de los animales domésticos. Para Enrique Fuentes Quintana la tierra de Carrión de los Condes (Palencia) es ese paisaje que se mete en el alma de los carrionenses para no abandonarles, el paisaje de la tierra de secano, el de un cielo alto y azul en el que los labradores intentar escrutar, con temor y esperanza, la suerte insegura de sus cultivos. Manuel Leguineche se muestra de acuerdo con Rilke en que la patria de uno es su infancia y la nostalgia le lleva a Belendiz (Vizcaya), al paisaje de pinos y eucaliptos, al sirimiri, a los caseríos dispersos, al lamento del acordeón, al sonido de la pelota al chocar contra la pared del frontón. Para Miguel Ríos, Granada es el lugar del que pensaba que nunca se podría mover, donde se tumbaba en la cima de un monte para ver esa luz que turbaba a los pintores, la ciudad que se le aparece al final de todas las carreteras.

Basten estos ejemplos del contenido del libro para apreciar la importancia que personalidades poco sospechosas de localismo otorgan a sus lugares de nacimiento. Sus emotivos testimonios pueden ser fácilmente compartidos por quienes también estamos lejos de nuestra propia aldea y sentimos nostalgia de paisajes, aromas, cielos y gentes. En mi caso, esa nostalgia permanente me ha llevado a hablar de ese Bolaños que llevo en el recuerdo y que, inevitablemente, aparece en muchas de mis novelas y relatos. La inmensidad de la llanura, la limpieza del cielo, el olor a paja y aceite confundidos, la arquitectura blanca que se apoya en vigas y zapatas de madera son una constante obsesiva en muchos de mis escritos, así como el carácter de las gentes, de los que he rescatado nombres tan presentes como Josico, José Calixto, Paulino, Remedios, Malriega, Peluco, Galín, La Nazarena y tantos más.

Siempre emociona regresar, pasear por los campos de la Virgen del Monte y por Borondo, deambular por las calles del pueblo, pasar junto a la casa donde nací en 1942, en la calle José Antonio esquina casi con la avenida del Generalísimo, en unos tiempos marcados por el final de una guerra lamentable que, entre otras muchas cosas, me impidió nacer en una calle que se habría seguido llamando del Príncipe, junto a una vereda que todos hubiéramos seguido conociendo como la calle del Calvario.

 

Pasó por Bolaños sin saber que era Bolaños

Francisco Torres González ( Publicado en "El Cronista Calatravo" el 1 de febrero de 2007)

 

Estoy releyendo un libro de Gerald Brenan, el famoso escritor inglés enamorado del carácter español. Tan enamorado que se instaló (1920) en nuestro país: en Yegen, un pueblecito de la Alpujarra granadina. Le atraía precisamente aquella España rural y analfabeta pero espontánea y de sentimientos apasionados. En la aldea de Yegen nadie sabía leer, salvo el médico, el cura y un tendero. Y Breman escribió después: "¿Qué importaba esta ignorancia? Los habitantes de Yegen sabían todo lo necesario para su prosperidad y felicidad". El estilo de su avanzada Inglaterra le parecía, en cambio, excesivamente planificado, artificioso e hipócrita.

En este libro –La faz de España- explica, entre otras cosas, un breve recorrido que realizó por nuestra provincia después de la guerra civil. Y fue en ese viaje precisamente (avanzada la década de los cuarenta) cuando pasó por Bolaños, aunque él no nombra nuestro pueblo. Seguramente ni siquiera conocía su nombre. No era entonces Bolaños el pueblo pujante de hoy, sino que se desenvolvía entre las mil dificultades de la posguerra. El hambre, el estraperlo, la incultura, las viviendas trogloditas.

Su breve visita a nuestra provincia comenzó por la capital, Ciudad Real: la miserable capital de entonces, que le pareció "un lugar triste, pequeño e insignificante". A Breman, sin embargo, le interesaban más las personas que los lugares, y hablaba con las gentes en todas partes. Y, al final, encontró a los manchegos demasiado serios (¿o quizá demasiado profundos?) al compararnos con otras regiones españolas: "¡Qué contraste estas escenas de vida y alegría con el mortencito y melancólico aspecto de La Mancha!" Desde Ciudad Real inició su pequeño periplo por la provincia. Le hubiera gustado recorrerla con amplitud, pero "íbamos cortos de tiempo y los medios de comunicación eran malos". Por lo cual se propuso conocer dos pueblos solamente: uno grande (Daimiel) y otro histórico (Almagro). Se trasladó a Daimiel utilizando un destartalado autocar en que casi todos los viajeros iban de pie. Y, en cambio, de Daimiel a Almagro hizo el viaje en taxi. (pasando por nuestro pueblo, claro está). Describe en su libro el campo que contempló al venir por la carretera de Daimiel, con pormenores que apenas se parecen a los de hoy. Habla así, por ejemplo, de las numerosas "casillas" enjalbegadas (que él, contagiado por el habla andaluza, llama "cortijos"): "Cortijos pequeños, resplandecientes como blancas gaviotas, surgían de la llana extensión, cada uno con un álamo negro plantado a la entrada para dar sombra". (Estaba retratando, sin saberlo, el campo de las Nieves.) Cita, también, una zona con cierta abundancia de árboles: "algunos robles, últimos supervivientes de un antiguo bosque". (Torroba, sin duda. Hay que perdonarle que confundiera las encinas con los robles: son bastante semejantes.) Y por fin aparece nuestro pueblo en el libro. Aunque sin nombre. El taxi, además, no se detuvo. Pero no hubo en ello ningún desprecio. Éramos entonces un pueblo oscuro y desconocido. (Al menos, desconocido para un inglés.) Por eso Brenan lo describe con una simple pincelada:

"Un pueblo apiñado en torno a un castillo medieval".

Y, ¿cuál fue su rápida impresión del castillo?

"Abandonado y en ruinas, se alzaba en medio de él una única y pesada torre".

Efectivamente, la otra torre (la "torre prieta") apenas sobresalía entonces. La recuerdo, de toda mi infancia, amputada a la altura de las murallas y con el remate de un vulgar tejado.

El taxi del escritor atravesó nuestro pueblo de una tirada. Recordemos que aún no teníamos la actual desviación, de modo que el coche debió de entrar por la calle de las Nieves (el pueblo empezaba en el parque), llegaría a la plaza y salió por la calle de Almagro. Era la travesía obligada. Le llamó la atención, por cierto, algo que ya no existe entre nosotros, pero que entonces resultaba habitual:

"Cuando pasamos, las chicas del pueblo estaban sentadas fuera de sus casas con sus vestidos de algodón, haciendo encaje, y pudimos oír el resonar de sus bolillos por encima del ruido del coche".

Y aquí termimna el retrato de Bolaños, pues Brenan cambia de tema seguidamente: "Entramos en Almagro en el momento en que se ponía el sol".

No volvió por nuestra tierra, aunque siguió viviendo en España; no siempre en el mismo pueblo. Cuando cumplió 85 años residía en el pueblo malagueño de Alhaurín. Y, viéndose incapaz de reunir dinero para su entierro (que creía próximo), firmó un documento donando su cuerpo a la Facultad de Medicina de Málaga con destino a los estudios de anatomía. No murió tan pronto, sin embargo. Y, con el tiempo, y en plena indigencia, fue a parar a un asilo de Londres por medio de la Sanidad británica. Menos mal que allí sólo permaneció un mes, pues la Autonomía andaluza, presionada por la opinión general y, sobre todo, por los habitantes de Alhaurín, lo devolvió a este pueblo. Y allí -tras una estancia entrañable y sin problemas económicos- murió tres años después, ya con 92 cumplidos, en 1987. Aunque no fue éste el punto final. Recordemos que había donado su cuerpo para estudios anatómicos, por lo cual la Facultad de Málaga conservó el cadáver en espera de su utilización. Pero .ningún profesor se decidió a utilizarlo: ¡eran los restos del famoso Brenan! Y así permaneció el cuerpo durante catorce años nada menos. Hasta que, en 2001, fue cremado y sus cenizas enterradas en el Cementerio Inglés de Málaga, bajo tierra traída de las amadas Alpujarras.

Lástima que este hombre no llegara a detenerse unos días en Bolaños. Para acercarse al descuidado castillo. Y, sobre todo, para hablar con las gentes (como hacía en todos los viajes) y para observar nuestras costumbres. Habría saboreado –estoy seguro- la sentenciosa filosofía de algunos viejos. O las coplas ingeniosas de las mozas en los corros al anochecer: "Gañancico es mi amante de cinco mulas: tres y dos son del amo; las demás, suyas". Aquellas mismas mozas de los bolillos y los encajes.